El Prodigio Impensado

Remotos episodios de Mazarrón resuenan entre lenticulares molduras modernistas, allí las chimeneas expelen metal en polvo, los oídos flotan intentando escuchar el sonido del pasado. Desde esas órbitas, tierra y rostros nos observan buscando connivencia. Nuestra mirada submarinista se zambulle entre congelados paisajes que quizá pretendan revelarnos el ignorado valor de esos desconocidos a los que debemos lo que somos.

El proceso

tiempos de creación

Enterrar la impostura hace germinar la salvación, entonces descubres, que en la pasión se encienden todas las luces que necesitas.

Académico

Mariano C. Guillén

La exposición “El Prodigio Impensado” (dentro del proyecto Horados) es un viaje al interior de nuestro pasado minero, lleno de luces y sombras. Desde luego, es un viaje alucinante porque la dimensión creativa de Lidó Rico es capaz de inventar lenguajes culturales y nuevas formas de expresión que nos sumergen en un universo particular del que es muy difícil quedar impasible. Esa es la gran diferencia: la plasticidad y el compromiso de su obra son únicos.

Pero mucho antes de llegar a este punto, tenemos que retroceder en el tiempo y preguntarnos por nuestro origen. El subsuelo de Mazarrón se formó en el período Mioceno —hace aproximadamente 10 millones de años—, cuando una potente actividad volcánica levantó los cerros de San Cristóbal, Perules, Pedreras Viejas o Coto Fortuna y los atravesó con filones de plomo y plata.

Muchísimo tiempo después, el ser humano llegó a desenterrar esos tesoros ocultos: navegantes fenicios que comerciaban con metales, romanos, bizantinos, mercaderes genoveses atraídos por el alumbre y grandes compañías mineras europeas en el siglo XIX. Más de dos milenios horadando la tierra nos contemplan.

Hoy, las minas de Mazarrón son un paisaje cultural de indefinible belleza; representan el dinamismo de la naturaleza transformado por el ser humano en su afán de extraer riquezas y explotar a sus semejantes. Lidó Rico ha captado ese mensaje subliminal y nos muestra una tierra abierta en canal donde los ocres y los rojos dibujan surcos de dolor infinito.

Su obra, como el subsuelo de Mazarrón, también es el fruto de una potente actividad creativa, casi eruptiva, tal vez impensada, siempre prodigiosa. Lidó nos enseña el alma de nuestra historia más profunda, recortada en fragmentos delirantes: la explotación infantil de los niños mineros queda expuesta en toda su crudeza con el dramatismo que proponen las luminiscencias; el rudo trabajo en el interior de las galerías y el tránsito contemporáneo del municipio a través de sus personajes, encerrados en los marcos de un pasado que siempre hay que escuchar.

Todo, absolutamente todo, destila verdad. Quizá porque el autor no entiende otra expresión artística que no vaya enlazada con la autenticidad y el compromiso.

El patrimonio cultural y artístico de Mazarrón es hoy mucho más grande que ayer, y eso es gracias a Lidó Rico.