Filón de Luz y Duende

«La Unión: filón de luz y duende» no deja indemne al visitante, congelándolo poéticamente en el tiempo, invitándolo a reflexionar profundamente sobre los límites tolerables de la fría tecnología y el progreso, sobre lo natural y lo artificial, y convirtiéndolo en testigo mudo de lo que está por venir: una humanidad disuelta entre lo biológico y lo tecnológico

El proceso

tiempos de creación

En un concierto de piel adentro, las piruetas, se quedaron sin entrada ni circo. En un viaje cuya salida y destino son presente, prefiero la autoridad del arco a fariseas orbitas, prefiero lupas a confortables distancias, tentar y sentir a que me cuenten, prefiero el barro de la trinchera a cargantes higienistas de corbata y dogma. En la magistral cárcel del cuerpo, practicarse en la torpeza siempre será ganzúa de salvación.

Académico

Gonzalo Wandosell Fernández de Bobadilla

En las entrañas de nuestra sierra, donde el peligro baila escondido en la oscuridad y el misterio, siempre han yacido en antiguas quiebras los apre ciados y deseados filones: la puerta secreta a una nueva y mejor vida.

Cada ancestral golpe de pico, cada suspiro, cada intento desesperado del minero por arrancar su luminiscente luz ha hecho latir el reloj del duende, ese Señor indomable; ese guardián celoso de la historia antigua, joven y vieja de La Unión, que aplastando las profundidades ha arrastrado por su rambla y transmutado, casi al azar, las vidas de cientos de niños y obreros. Esos quejíos de dolor y pasión, protagonistas absolutos en el susurro de la mina, han quedado impregnados en el filón de luz que emana del cante jondo minero, y son reflejo de la resistencia del hombre frente a la adversidad. Los cantaores dibujan el trabajo duro y peligroso de las minas en el lienzo del flamenco con una voz emanada desde las profundidades, y nos enfrentan con nuestra frágil humanidad.

En el baile de la luz y la sombra, en el choque del pico y la guitarra, la mina y el cante se entretejen con un hilo invisible pero poderoso, creando un mundo terroso donde el duende encuentra cobijo y liberación, eleva el alma de los mineros y de los cantaores, y secuestra la de sus testigos.

Lidó Rico trasciende la exploración profunda de la identidad física de nuestros trabajadores de las minas para dibujarnos un espejo invisible de trauma y memoria en el que descubrimos con incredulidad el nuevo reflejo de nuestro cuerpo y nuestra piel, convertidos en paisajes emocionales de las tensiones internas y eternas de la condición humana.

Utilizando su cabeza y sus manos atrapadas y fundidas con resina o vidrio, como gubias de una autopsia emocional, este genial artista saca a la luz, a través de figuras fragmentadas y distorsionadas en constante lucha con sigo mismas, la fragilidad de la vida de los mineros atrapados en una realidad sólida y devastadora que los desbordaba, en un baile infinito entre lo humano, lo inevitable y lo inerte.

El eco infinito de su obra lucha por evitar el olvido de la memoria de aquellos antepasados que forjaron la identidad minera de La Unión, única e insondable, a través de su desgaste emocional, de su trabajo infrahumano y de las cicatrices invisibles de sus almas, consiguiendo transformar el arte de su sensibilidad personal en un conector universal, y en un potente alta voz colectivo de la fragilidad humana.

«La Unión: filón de luz y duende» no deja indemne al visitante, congelándolo poéticamente en el tiempo, invitándolo a reflexionar profundamente sobre los límites tolerables de la fría tecnología y el progreso, sobre lo natural y lo artificial, y convirtiéndolo en testigo mudo de lo que está por venir: una humanidad disuelta entre lo biológico y lo tecnológico.

Sin embargo, en este conmovedor viaje a la voz silenciosa de la esencia más íntima y vulnerable de La Unión, Lidó Rico nos muestra, con una plasticidad exquisita, que el cuerpo humano es un campo de batalla perenne donde el dolor y la esperanza coexisten y danzan a perpetuidad.